martes, 30 de julio de 2013

El porque de las etiquetas

Hoy, otra tarde más, cuando podría estar esperando nuestro encuentro, casualmente, decido sentarme en una mesa sola.  Decido, como siempre que te espero, observar las historias que cada uno de los demás, sin quererlo, me pueda contar de su propia vida.  Hoy estoy en un lugar de eso que sabes que me gusta llamar mi refugio.  Creo que aquí no hemos compartido de esos coloquios que nos gustan.  Esos con los que intentamos que haya un mundo mejor.  Esos que, hacen, que nuestras charlas sean amenas y divertidas.  Esos que inspiran estas líneas, y sin saber porque, las tenía bastante abandonadas.  Pero hoy, decidí volver a retomar este trabajo.  Esta sesión, que gracias a ti, hace más llevadero el tomarse una taza de café, un refresco, etc. en esas tardes, en las que te espero, para saber de ti.  Saber cómo sigue tu vida.  De contarte la mía.  De entender, y aprender, de las experiencias de cada uno.  De llorar, y reír, siempre que es necesario, contigo.  Y que debo reconocer, que es una base fundamental para esto, que en su día, no se aún, cómo, nació.  Pero que me gusta compartir, no sólo contigo, si no con quién se sienta a nuestro alrededor a reflexionar o entender, como una palabra puede dar tantos significados.
Con un café, que amablemente me sirvió…-mejor guardaré el nombre, para no darte pistas- me sonríe.  Y yo, le doy las gracias.  No sólo por ese café, si no por buscarme un sitio privilegiado en el local.  Ya me conoce.  Ha visto el blog y la pluma.  Artilugios, para ti, muy a la última, y sabe que hoy volveré a escribir.
Este lugar me gusta por muchas cosas.  Tiene su encanto, pero hoy al entrar comenzaron a sonar unas notas.  Y me sorprendí.  Antes de comenzar a escribir, lo que pudiera surgir, decidí hojear una revista en la que me llamo la atención un artículo.  En él explicaba que según la música que podíamos escuchar, se nos definía con un carácter u otro.  Casualmente, pocos días antes, vi un reportaje en el que muchos personajes de película, aquellos que tenían unos rasgos muy característicos (que no te voy a definir) tenían unos gustos musicales muy peculiares; o escuchaban un tipo de música muy definida con su perfil.  Al sumar todo eso, sonreí. - ¿Por qué?- Te preguntarás.  Pues fue debido a que la música que sonaba de fondo, me recordaba a esos personajes, y además es una de esas canciones que sabes que tanto me gusta escuchar.
Si siguiera los patrones de eso que escuche y de aquello que leí, seguramente yo, por ese tipo de música, tendría unos rasgos psicológicos bastante de…”echar a correr”.  Pero ello hace que me surja la pregunta de ¿Por qué etiquetamos? ¿Por qué nos dejamos llevar por la primera impresión?
Aún recuerdo, y lo recordamos, el día que tú y yo nos conocimos.  Creo que nuestras impresiones, fueron completamente distintas a la opinión que tenemos hoy.  Reconozco que intento no juzgar por esa primera impresión, pero aquél día me choco.  Nos presentaron, y la conversación (si es que la hubo) fue fluida.  Nos fuimos dando cuenta, sin decir nada, que, compartíamos muchas formas de ver las cosas.  La Vida.  Pero, también, grandes diferencias.  Desde aquél día, cuantas veces no habremos repetido aquello de “La verdad no es siempre lo aparente”.  Y otras tantas nos habremos reído de lo que pensamos de cada uno.  Pero hoy, lo bueno, es que reconocemos que nos equivocamos, y que fue (como según tú y yo decimos) “Un pequeño milagro de la vida” que se cruzarán nuestros caminos.
Siempre nos preguntamos aquello de “Por qué lo hacemos”, creo, que, porque buscamos una justificación, un motivo a como nos comportamos, o se comportan, delante de nosotros.  No damos tiempo a que la persona se muestre como es.  Tú te ríes de mí, porque, me dices que mi primera impresión es la de salir corriendo.  Gracias por el piropo.  O tenerme miedo.  Yo de ti, pensé, que… Bueno podría salir corriendo o plantarte cara.  Y creo que decidí la más correcta, que ya sabes cual fue. Por eso, me sorprende, qué,  por el mero hecho de escuchar un tipo de música u otra, se nos pueda definir de una manera de ser.  O etiquetarnos por una posición social.  Por vestir con un tipo de ropa.  Y así con una infinita de cosas que hace que nos hagamos una idea, casi siempre errónea, al ver una persona.  Pero de eso, creo que ya sabes lo que pienso.
Conmigo, modestia aparte, sé que se podrían romper los esquemas de que aparentamos y de lo que realmente somos.  Quién nos iba a decir, a ti o a mí, el día que nos conocimos que acabaríamos teniendo tantos pensamientos en común.  Qué cuando compartimos opinión, lo hacemos, sabiendo que la respuesta va a ser la misma.  Ya te he dicho antes que “el porque de las etiquetas” puede que sea la manera de justificar el comportamiento de las personas.  Personas que por su apariencia, forma de pensar, o bien la manera de comportarse, tendrá un carácter u otro.  O bien, lo usamos como escudo para saber a quién dejaremos entrar a eso que llamamos vida.  Eso camino lleno de experiencias.  Y si realmente la persona no es como esperábamos, diremos aquello de “Yo ya te dije que… el día que me lo presentaron” o “si es que ya se le ve, nada más llegar”.  Por lo qué, podría ser una manera de escudo para, por si nos equivocamos con alguien, buscarle el porque (o la justificación) necesario a un comportamiento, o barrera, que no es a nuestro imagen o semejanza. 
Por todo eso, si hoy, alguien que no fueses tú, viera que música escondo tras esos diminutos cascos que uso alguna vez.  O entendiera mi sonrisa, no sólo por cortesía, al entrar en el lugar donde me hayo, posiblemente (que ya lo habrá hecho) me habrá etiquetado con unas características muy concretas, esas que sabes que tanto me gustan, y me salude por cortesía.  Pero al igual que yo, y que sucedió contigo, mejor mantengamos unas distancias, donde yo no rebase su línea de “Siguiente” ni usted la mía.  Porque es tan fácil etiquetar, y dejarnos llevar por ellas, para saber si se cumplirán los requisitos (que les hemos impuesto) a todas esas personas que deciden acompañarnos en el camino de la vida.  

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