Hoy, otra tarde más, cuando
podría estar esperando nuestro encuentro, casualmente, decido sentarme en una
mesa sola. Decido, como siempre que te
espero, observar las historias que cada uno de los demás, sin quererlo, me
pueda contar de su propia vida. Hoy
estoy en un lugar de eso que sabes que me gusta llamar mi refugio. Creo que aquí no hemos compartido de esos
coloquios que nos gustan. Esos con los
que intentamos que haya un mundo mejor.
Esos que, hacen, que nuestras charlas sean amenas y divertidas. Esos que inspiran estas líneas, y sin saber
porque, las tenía bastante abandonadas.
Pero hoy, decidí volver a retomar este trabajo. Esta sesión, que gracias a ti, hace más
llevadero el tomarse una taza de café, un refresco, etc. en esas tardes, en las
que te espero, para saber de ti. Saber
cómo sigue tu vida. De contarte la
mía. De entender, y aprender, de las
experiencias de cada uno. De llorar, y reír,
siempre que es necesario, contigo. Y que
debo reconocer, que es una base fundamental para esto, que en su día, no se
aún, cómo, nació. Pero que me gusta
compartir, no sólo contigo, si no con quién se sienta a nuestro alrededor a
reflexionar o entender, como una palabra puede dar tantos significados.
Con un café, que amablemente me
sirvió…-mejor guardaré el nombre, para no darte pistas- me sonríe. Y yo, le doy las gracias. No sólo por ese café, si no por buscarme un
sitio privilegiado en el local. Ya me
conoce. Ha visto el blog y la
pluma. Artilugios, para ti, muy a la
última, y sabe que hoy volveré a escribir.
Este lugar me gusta por muchas cosas. Tiene su encanto, pero hoy al entrar comenzaron
a sonar unas notas. Y me sorprendí. Antes de comenzar a escribir, lo que pudiera
surgir, decidí hojear una revista en la que me llamo la atención un artículo. En él explicaba que según la música que
podíamos escuchar, se nos definía con un carácter u otro. Casualmente, pocos días antes, vi un
reportaje en el que muchos personajes de película, aquellos que tenían unos
rasgos muy característicos (que no te voy a definir) tenían unos gustos
musicales muy peculiares; o escuchaban un tipo de música muy definida con su
perfil. Al sumar todo eso, sonreí. -
¿Por qué?- Te preguntarás. Pues fue
debido a que la música que sonaba de fondo, me recordaba a esos personajes, y
además es una de esas canciones que sabes que tanto me gusta escuchar.
Si siguiera los patrones de eso
que escuche y de aquello que leí, seguramente yo, por ese tipo de música,
tendría unos rasgos psicológicos bastante de…”echar a correr”. Pero ello hace que me surja la pregunta de ¿Por qué etiquetamos? ¿Por qué nos dejamos
llevar por la primera impresión?
Aún recuerdo, y lo recordamos, el
día que tú y yo nos conocimos. Creo que
nuestras impresiones, fueron completamente distintas a la opinión que tenemos
hoy. Reconozco que intento no juzgar por
esa primera impresión, pero aquél día me choco.
Nos presentaron, y la conversación (si es que la hubo) fue fluida. Nos fuimos dando cuenta, sin decir nada, que,
compartíamos muchas formas de ver las cosas.
La Vida. Pero, también, grandes
diferencias. Desde aquél día, cuantas
veces no habremos repetido aquello de “La
verdad no es siempre lo aparente”. Y
otras tantas nos habremos reído de lo que pensamos de cada uno. Pero hoy, lo bueno, es que reconocemos que
nos equivocamos, y que fue (como según tú y yo decimos) “Un pequeño milagro de la vida” que se cruzarán nuestros caminos.
Siempre nos preguntamos aquello
de “Por qué lo hacemos”, creo, que,
porque buscamos una justificación, un motivo a como nos comportamos, o se
comportan, delante de nosotros. No damos
tiempo a que la persona se muestre como es.
Tú te ríes de mí, porque, me dices que mi primera impresión es la de
salir corriendo. Gracias por el
piropo. O tenerme miedo. Yo de ti, pensé, que… Bueno podría salir
corriendo o plantarte cara. Y creo que
decidí la más correcta, que ya sabes cual fue. Por eso, me sorprende, qué, por el mero hecho de escuchar un tipo de
música u otra, se nos pueda definir de una manera de ser. O etiquetarnos por una posición social. Por vestir con un tipo de ropa. Y así con una infinita de cosas que hace que
nos hagamos una idea, casi siempre errónea, al ver una persona. Pero de eso, creo que ya sabes lo que pienso.
Conmigo, modestia aparte, sé que
se podrían romper los esquemas de que aparentamos y de lo que realmente
somos. Quién nos iba a decir, a ti o a
mí, el día que nos conocimos que acabaríamos teniendo tantos pensamientos en
común. Qué cuando compartimos opinión,
lo hacemos, sabiendo que la respuesta va a ser la misma. Ya te he dicho antes que “el porque de las etiquetas” puede que sea la manera de justificar
el comportamiento de las personas.
Personas que por su apariencia, forma de pensar, o bien la manera de
comportarse, tendrá un carácter u otro. O
bien, lo usamos como escudo para saber a quién dejaremos entrar a eso que
llamamos vida. Eso camino lleno de
experiencias. Y si realmente la persona
no es como esperábamos, diremos aquello de “Yo
ya te dije que… el día que me lo presentaron” o “si es que ya se le ve, nada más llegar”. Por lo qué, podría ser una manera de
escudo para, por si nos equivocamos con alguien, buscarle el porque
(o la justificación)
necesario a un comportamiento, o barrera, que no es a nuestro imagen o
semejanza.
Por todo eso, si hoy, alguien que no fueses tú, viera
que música escondo tras esos diminutos cascos que uso alguna vez. O entendiera mi sonrisa, no sólo por
cortesía, al entrar en el lugar donde me hayo, posiblemente (que ya lo habrá
hecho) me habrá etiquetado con unas características muy concretas, esas que
sabes que tanto me gustan, y me salude por cortesía. Pero al igual que yo, y que sucedió contigo,
mejor mantengamos unas distancias, donde yo no rebase su línea de “Siguiente”
ni usted la mía. Porque es tan fácil etiquetar, y dejarnos llevar por ellas, para
saber si se cumplirán los requisitos (que les hemos impuesto) a todas esas
personas que deciden acompañarnos en el camino de la vida.
Simplemente...increíble...
ResponderEliminar